Transformándonos      

 

www.gemas.discernir.com                                                                                  Por Juanita de Hernández

SSN: 1991-9948

Volumen 2, Número 19        2 enero 2008

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Artículo Principal: Ser un Miembro Responsable y Cariñoso de una Familia

Nota PersonalReunión Familiar

Nota Personal

Amig@,

Durante las últimas tres semanas mi hijo y su familia han estado de visita; así, me he dedicado a ser “abuela”.  El 17 enero ellos saldrán de pioneros para aportar al progreso de la Fe Bahá’í en la República Dominicana y probablemente es la última vez que estará reunida toda la familia durante mucho tiempo.

 El gozo de pasar estas semanas juntos me hizo pensar en la capacidad del “liderazgo moral” de “ser un miembro responsable y cariñoso de una familia”. 

Saludos,

                                     

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Acerca de Juanita:  Desde 1990 Juanita de Hernández ha trabajado con la Universidad Núr en Santa Cruz, Bolivia, escribiendo libros y fascículos para maestros, municipalidades y organizaciones de base, caracterizados por explicaciones sencillas y prácticas que aportan al desarrollo de capacidades y por una integración de las dimensiones intelectuales y espirituales del ser humano.

     Artículo Principal

Ser un Miembro Responsable y Cariñoso de una Familia

La familia es la institución fundamental de la sociedad humana.  En su seno, tenemos la oportunidad de practicar muchas capacidades del liderazgo moral, y desarrollar un gran número de cualidades, actitudes y destrezas que son componentes esenciales de estas capacidades.

 La relación familiar es la más íntima de nuestras relaciones.  Por eso, en ella salen a luz muchos de los defectos que enmascaramos en las relaciones sociales.  El roce de las asperezas de nuestra personalidad con las de otros miembros de la familia, nos da una gran oportunidad de aprendizaje.  Pero para aprovecharla tenemos que refrenarnos de culpar a la otra persona y tratar de tomar conciencia de las debilidades nuestras que contribuyeron al roce.  Una vez que hemos tomado conciencia de estas debilidades, podemos aceptar el desafío de transformarlas.

 De esta manera, la familia sirve como un campo de prueba para las capacidades del liderazgo moral.  Si sólo aplicamos estas capacidades en la sociedad, pero no en la familia, de hecho no las hemos integrado en nuestra forma de ser, y no debemos sorprendernos si no producen los resultados esperados. 

 Por otra parte, generalmente la familia tiene más tolerancia de nuestros errores que otras personas.  Por eso, provee un buen ambiente para arriesgarnos a probar algo nuevo.  Cuando estamos tratando de desarrollar una destreza, actitud o cualidad, o de explicar un concepto para ver si lo hemos comprendido bien, ¿dónde mejor intentarlo que en la familia? 

 Si los otros miembros de la familia comprenden nuestros esfuerzos, nos alentarán, o tal vez nos harán una crítica constructiva.  Generalmente, lo peor que harán es reírse de nosotros.  Si somos capaces de reír con ellos, aún esto puede convertirse en una experiencia positiva, ya que poder reírse de uno mismo es una señal de madurez personal.

 Además de ser un campo de prueba para el desarrollo de nuestras capacidades, la vida familiar generalmente establece el patrón para otras relaciones sociales, ya que los hábitos “son llevados desde la familia al lugar de trabajo, a la vida política y, finalmente, a las relaciones internacionales.”

 (Casa Universal de Justicia, La Promesa de la Paz Mundial, p. 18) 

 Por ejemplo, si nos acostumbramos a relaciones de dominación en el hogar, será la forma natural de actuar en el trabajo y en la sociedad.  Pero si en el hogar aprendemos cómo desarrollar relaciones basadas en la reciprocidad, el compartir y el servicio, practicando la consulta y el aprecio de la unidad en diversidad, también nos relacionaremos de esta manera en el trabajo y en la sociedad. 

 Cita Relacionada:Todas las virtudes deben ser enseñadas en el seno de la familia.  La integridad de la unión familiar debe ser constantemente considerada y los derechos de sus miembros no deben ser transgredidos.  Los derechos del hijo, del padre, de la madre, ninguno de ellos debería ser transgredido, ninguno de ellos debe ser arbitrario.” ‘Abdu’l-Bahá.  (Citado en Vida Familiar, EBILA, Buenos Aires, 1982, p. 24)  

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Cuento

El Matrimonio es como Una Flor

Una señora tuvo problemas en su matrimonio y buscó ayuda de un terapeuta.  Ella se quejaba de la falta de conversación y de la monotonía en su matrimonio y además de su carencia emocional y falta de creatividad.

El terapeuta le preguntó: ¿Qué haría si tuviera una bella flor en una maceta?  ¿Cómo cuidaría esa planta?

La señora sacudió sorprendida la cabeza, como si no comprendiera qué tenía que ver la pregunta con su matrimonio y respondió: “Si tuviera una flor tan bonita, la regaría regularmente.”  La señora que era aficionada a las plantas continuó reflexionando y dijo: “Cada seis meses cambiaría la maceta para darles a las flores un nuevo mantillo. Entre tanto la abonaría, por lo menos una vez.  Luego, la colocaría en una ventana donde le diera bien el sol.”

“¿Y qué hace con su matrimonio?”

Esta pregunta la impactó visiblemente.  Notaba profundamente la contradicción entre el cuidado intenso y amoroso de las flores y el descuido de su matrimonio. Todavía bajo el impacto de la emoción, continuó: “Si mi matrimonio fuera una flor, hace tiempo se habría secado.”

Luego, aplicando la metáfora de la flor a su matrimonio continuó:  "Si hubiésemos cedido diariamente en algo el uno respecto al otro, si hubiésemos intercambiado un cumplido, o por lo menos reconocido lo que el otro hacía, todo esto habría sido agua de lluvia para nuestro matrimonio."

Permaneció meditando en silencio largo rato y luego comentó:  "He de reconocer que los vestidos nuevos, los peinados, la cosmética no me interesaban para nada.  Dicho con toda franqueza no me interesaba para nada ponerme guapa para mi marido.  Seguramente a él le pasaba lo mismo.  Si hubiéramos hecho algo así habría sido como un fertilizante para mi matrimonio."

(Peseschkian, Nossrat.  El Mercader y el Papagayo, P. 117-118)

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