LA
CRISIS DE NUESTRO TIEMPO*
El tiempo en que vivimos está caracterizado por dos poderosos
procesos: un proceso de desintegración y otro de integración.
El mundo de hoy se encuentra en el proceso de unificarse y está
caracterizado por cambios increíblemente rápidos. Incapaces de
responder ante estos nuevos desafíos,
las estructuras que de antaño servían como fuentes de estabilidad y
guía en la sociedad, tales como la familia, la iglesia y las
estructuras gubernamentales, han perdido en gran parte tanto su
influencia como su capacidad de proveer guía adecuada a las
personas.
A
la vez, ante los tremendos cambios en el mundo y en sus vidas, y sin
saber a dónde volverse para recibir una orientación adecuada, muchas
personas andan a la deriva sin encontrar significado o propósito en
la vida.
Una crisis moral profunda se manifiesta en todos los ámbitos de la
sociedad.
La corrupción y el fraude generan desconfianza en las instituciones
públicas y privadas.
Se
recurre a la violencia y el terrorismo para imponer agendas
políticas.
El materialismo induce
a
una sed insaciable de riquezas y placeres terrenales que desplaza
los valores de amor, bondad, y generosidad, a la vez que lleva a la
destrucción del medio ambiente,
que es el sostén de la vida misma.
Una actitud irresponsable hacia el matrimonio deja a millares de
hogares desintegrados y a millones de hijos sin padres.
Números crecientes de personas buscan escapar de la realidad
mediante el uso del alcohol y las drogas.
La pérdida de valores morales, como una directriz para la vida
humana, se debe principalmente a la declinación de la religión como
fuerza social.
El amor a Dios y el deseo de evitar acciones que Le podrían
desagradar constituyen una motivación interna que incentiva a la
persona a practicar las cualidades morales aun en situaciones de
mucha tentación. Comparada con esta motivación interna, queda
sumamente débil cualquier sistema de recompensas y castigos diseñado
por los seres humanos en la forma de leyes y reglamentos, que busca
promover una conducta moral mediante la motivación externa.
Sin embargo, en gran medida la religión ha perdido su influencia
moral, no sólo en la sociedad, sino también entre sus propios
seguidores. Al pensar en la religión, un gran número de personas
sólo la asocian con un conjunto de creencias, dogmas, ritos y
ceremonias que
poco o
nada tienen
que ver con la manera en que viven su vida diaria.
Al
mismo tiempo,
el intento de revivir la religión, demasiado a menudo ha dado lugar
a un fanatismo que contribuye a profundizar aun más la
desintegración social.
Al considerar que la religión no es relevante a la hora de enfrentar
los graves problemas sociales de nuestros tiempos, ha quedado a los
gobiernos y los estadistas intentar solucionarlos.
Por
mucho que sea la buena voluntad con que han tratado de actuar, los
resultados son mínimos.
La brecha económica divide cada vez más a la población en ricos y
pobres.
Persisten
odios ancestrales entre pueblos y naciones, llevando en el peor de
los casos a genocidios.
Hay un extraordinario aumento en el crimen y la violencia
organizada.
La gente vive con inseguridad.
Los servicios básicos no alcanzan a grandes porcentajes de la
población mundial.
La explotación indiscriminada de los recursos naturales amenaza a
las próximas generaciones con problemas inimaginables.
En breve, los líderes mundiales no han sido capaces de concebir
planes viables que alivien los males de la humanidad. Esto no
significa necesariamente
una falta de esfuerzos sinceros. De hecho, estos esfuerzos se han
multiplicado década tras década.
Más bien, el problema es que los esfuerzos se enfocan principalmente
en tratar los “síntomas”, sin tocar las causas espirituales más
profundas de la desintegración.
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*Extractos
de La Respuesta Bahá’í ante la Crisis de
Nuestro Tiempo
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