A nadie le
gusta tener problemas en la vida. Más bien, todos apreciamos los momentos
en que todo nos va bien. Sin embargo, igual como el atleta, que no se
mejora a no ser que se esfuerce hasta el límite de su capacidad, para crecer
espiritualmente, necesitamos enfrentar situaciones que nos ponen a prueba.
Muchos de los
pequeños problemas que nos enfrentamos en la vida diaria son el resultado de
defectos en nuestro propio carácter. Si yo soy impaciente y brusca en mi
manera de tratar a otros, no debo sorprenderme que no quieran trabajar
conmigo. Si digo mentiras cuando me conviene y a menudo ofrezco hacer algo
y luego no cumplo, no debo resentirme cuando las personas no me tengan
confianza. Si soy tan absorta por mi trabajo que no dedico suficiente
tiempo a mi familia, no debo extrañarme que de repente surjan problemas con
mis hijos o esposo, o que me dé una enfermedad provocada por el estrés.
Sin embargo,
hay una tendencia de cegarnos a nuestros defectos. Aun cuando los
reconozcamos, raras veces estamos lo suficientemente motivados por hacer un
esfuerzo perseverante para cambiarlos. Más bien, nos excusamos, pensando o
diciendo: “Así soy. Es parte de mi carácter. No puedo cambiar;” “Todos lo
hacen;” o “Las circunstancias me obligan.”
Aun cuando nos
vienen encima las consecuencias, a menudo culpamos a otros o a la "mala
suerte", en vez de mirar hacia adentro y tratar de percibir en qué maneras
podríamos haber contribuido al problema No reconozcamos la gran verdad de
que: “La única persona a quién cada uno puede cambiar en esta vida es a sí
misma.” Tampoco nos damos cuenta que si nosotros cambiamos, a menudo los
demás comenzarán a responder a nosotros de otra manera y también cambiarán.
Sin embargo, el motivo por nuestro cambio no debe ser el lograr que cambien
los demás, sino simplemente el mejorar nuestro carácter, crecer
espiritualmente, y lograr un mejor equilibrio entre os diferentes aspectos
de nuestra vida.
Si no tomamos
acción positiva para mejorar nuestros defectos, como consecuencia lógica el
mismo problema se repite una y otra vez, empeorándose cada vez más. En las
palabras de ‘Abdu’l-Bahá: "La misma prueba viene otra vez en mayor grado,
hasta que sea demostrado que una debilidad anterior se ha convertido en un
punto fuerte."
¿Pero qué de
los problemas y desgracias en la vida que no son consecuencias de nuestros
defectos y descuidos, sino que, de hecho, son “mala suerte”? Aunque sea
así, tomar una actitud de rebeldía, quejarnos de la vida, o reclamarle a
Dios: “¿Por qué esto me pasa a mí?” no nos beneficia en nada. Más
bien, la forma de responder más positiva es orar y preguntarnos: ¿Qué es la
manera más madura y espiritual de responder ante estas circunstancias? ¿Qué
puedo aprender de este problema? ¿Qué cualidad espiritual necesito
desarrollar para ayudarme a enfrentarlo mejor? Enfrentado de esta manera,
podemos aprovechar dicho problema para crecer espiritualmente.
‘Abdu’l-Bahá
nos asegura: "La mente y el espíritu del ser humano avanzan cuando es
probado por el sufrimiento. Cuanto más se are la tierra, mejor crecerá la
semilla y tanto mejor será la cosecha.”
(